jueves, 10 de septiembre de 2009

¡No tienes, coño, a dispararme!

La habitación del hotel era estrecha,
el ronroneo del ventilador recortaba el hilo de luz,
su revólver apuntaba contra mi pecho,
su mirada indirecta contra mi sed.
Ella temblaba,
sus manos llenas de sudor
sostenían con fuerza el arma.
-Yo no dejaba, ni un solo instante de contemplarla-
hermosa y asesina.
<<¡No tienes, coño, de dispararme!>> le susurré al oído,
mientras ella presionaba el cañón contra mi piel,
los latidos de mi pecho olían a polvora;
sus labios lloraban,
con sus ojos me ataba a un instante de desvelo;
junté mis manos con las suyas,
con la miraba me suplicaba que acabara con todo aquello.
Le dije que la quería,
pero le di la espalda
y me dirigí hasta la puerta.
Sentía su respiración,
la tensión de sus besos,
su cobardía y debilidades.
Creo que no me amaba lo suficiente:
fue incapaz de disparar.
Salí y dejé la puerta entreabierta.
El silencio y el pasillo del hotel fueron prolijos en la despedida.

Tiempo después,
me la encontré en un callejón,
donde mi vida dejaba de tener sentido.
La reconocí por su sombra y su andar quedo y delicioso;
los días la habían enseñado a no temblar.
Seguí caminando.
Sé escuchó un disparo que rajó la noche;
su sombra cayó de bruces.
Noté que quemaba el vientre,
la sangre fluía inmisericorde,
traté de taponar la herida con mis manos,
ella me miraba amante,
la contemplé más hermosa que nunca
escapando de mi silencio.
Me ardía la vida,
mis pasos ya eran de sangre.
Ella me amaba.

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