viernes, 6 de noviembre de 2009

Morir en tu cama

La tibia noche que te lanzaste sobre mí
(daga en mano),
Averigüé que no iba a ser una buena forma de acabar
de hacer el amor.
Has de reconocer que estuve veloz
para detener, justo a destiempo, tu mano fría en nácar
(tu cara suave de cera con ojos verdes endemoniados).
Contuve tu furor descontrolado,
hasta que te fuiste calmando,
conmigo aún entre tus piernas.

Me ofreciste la mejor de tus sonrisas:
De perra en son de paz,
A continuación un chupito de tequila,
-Calentaste mis entrañas, dejé de tiritar-
Arrojamos el vasito al suelo,
quedó girando, sorteando claroscuros de luna.
-He de reconocer que me acojoné.
No te he pedido nunca explicaciones.
Yo también tengo a veces ganas de clavarme un punzón en mitad
Del corazón.
Me marché justo cuando te quedaste dormida,
antes tuve que besar tus labios enrojecidos.
Me escurrí sigiloso con las marcas de tus uñas en la espalda,
Con la muerte aún helándome, con su silbido en la nuca.

Te volví a encontrar en una cafetería,
fumabas sin prisas,
recreándote en las imágenes que emergían desde el humo.
Los pálpitos de mi pecho, humedecidos en un beso de café.
Después de ojear el titular del periódico,
me escapé por el margen izquierdo hasta ti.
-¿Tú eres la misma que intentaste asesinarme? –le pregunté, insolente.
-Lo puedo volver a intentar si quieres –repuso desafiante, antes de llevarse a la boca un sorbo de espuma.

No lo pude resistir:
Y acudir hasta su cama.
La desnudé cadencioso,
recreándome en cada una de sus deliciosas formas.
Ella me mordía perra, resistiéndose a cada uno de mis envites;
Sus ojos me marcaban la piel a fuego.
Entré en ella:
Suave, entregado.
Esta vez sacó la daga antes de tiempo
(de plata quebró la noche)
-Tuve que decidir:
Cuál sería el mejor de los finales,
Sudábamos moviéndonos al unísono,
Ella complaciente sobre mi alma,
Entregada y deliciosa, sin precipitaciones.
Cayó grávida sobre mí, mientras llegábamos al orgasmo.

La daga me rajó la cara,
La sangre bullía férvida sobre las sábanas;
Ni si quiera me daba cuenta de la herida,
Todavía imbuido en el placer;
Por inercia aparté su mano criminal hacia un lado.
(Ella estaba cansada, ya no tenía ganas de matarme)
Me acarició la herida con sus finos dedos,
Susurrándome al oído:
-Quizás la próxima vez no te libres.
Mientras le pasaba un pitillo, le repliqué:
-¿Y quién te ha dicho que yo quiera salir vivo de tu cama?

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