lunes, 25 de enero de 2010

LLEVAME LEJOS


Me cegaba el foco,
Colgado del techo por una cadena, rielaba.
Era un almacén abandonado,
Las sombras y los claroscuros me condujeron hasta tus ojos:

Gata que se mordía la lengua, burlona.
Los dos sentados (uno frente al otro)
Sobre dos cajas de madera,
Y una improvisada mesa, con naipes esparcidos.
Tus mejillas cárdenas, tus pecas aniñándote la cara,
Tu pelo rojo quemándome las entrañas.
-Fuego en mi vientre-
SILENCIO
Mis dedos golpeando, rítmicos, la tabla.
Encantadora mirada (de serpiente).
Te contemplé felina,
Sacaste un revolver de debajo de la mesa,
Me apuntaste a la boca (quizás para matar futuros besos)

-Tu primero –dijiste, rompiendo la curvatura del silencio.
-Después de las damas –repuse, sonriente.

Giraste, en celo, la rueda del revolver
(un carrusel de viento y el metal en mi saliva)
Apuntaste,
-Sin miedo hija de puta -, te animé.
¡klac!
Me temblaron las sienes
Y el miedo me heló los huevos.

-Siempre tuve suerte de principiante –le mordí en la oreja.
Deslizó el revólver entre tréboles de colores.
Toqué la culata con las yemas de mis delirios,
La sostuve entre los dientes,
Le apunté, con miedo a matarla.
Me contemplaba sonriente
-¡Ahora!
Apreté el gatillo

¡Klac!
Perra con fortuna,
Me aullaba el vientre
Resolvió morderme los labios
Y enlazar su lengua en mi boca.
-¡Estás muerto, querido! -me envenenó de miedo.

Me arrancó la pistola,
Le dio un beso a la culata
Y me llenó de sabor a carmín la boca.

Se giró con el arma entre las manos,
Se revolvió rápida contra mí,
Y
¡Klac!
Aullé convaleciente
como un perro ante la luna.

Antes de darme el arma, me exhortó:
-Sabes: puede que después ya no quede tiempo para follar.

Tiramos las cartas de la mesa,
Y nos escurrimos por el límite del placer.
Su cabello salpicaba fuego,
Sus piernas me azuzaban las brasas.
Antes del orgasmo,
Desenfundé la pistola
Y, cuando flaqueó de placer,
Apreté el gatillo,
Ella arañó mis muslos,
Llenando de sangre los ojos tatuados de un dragón que mordía mi piel.

-Qué suerte tengo, mi vida –le dije, sofocado.
Ella respiraba aún agitada a mi lado.
-Me toca matarte –me contestó, burlona.
-Espera, pon algo de música
Agarró su mp4 y conectó un altavoz por bluetooth.



-¿Esto te vale?
-De lujo –sonreí.

Ella se sentó sobre la caja de nuevo,
Yo permanecí desnudo, echado sobre la mesa.

Sacó el arma
(Era preciosa con el cabello rojo escurriéndose por su pecho)
-Te echaré en falta –le susurré, mostrándole debilidad.
El foco de luz oscilaba sobre mi piel.
Sentí el frío del revolver;
La detonación fue tremenda,
Una lágrima asomó de mi mejilla
Me dolían los ojos
El cuerpo se me llenó de temblores.
Giré la cabeza para contemplarla.
Su sangre se deslizaba como un río sobre la mesa,
Me acarició las yemas de los dedos.
Estaba abatida, triste, amante, orgullosa
Aún sostenía el revólver entre sus manos.
-Te quiero –le dije, vencido- aunque ya veo que tú me amas mucho más.

viernes, 22 de enero de 2010

Payasa



Nos encanta la calle,
Por eso tú tienes labios de brisa
Y yo una grieta al lado del corazón.
Me tendiste un globo con forma de perrito,
Yo, a cambio, un viejo poema trazado
En el olvido con las costuras de mi alma.
-Eres un comprador de tiempo
-Tú una payasa –repuse satisfecho.
Por un rato jugamos a imaginar hacernos el amor,
Hasta que los claxon de los coches nos interrumpieron.
-Me duelen los cristales que dejaste dentro de mis venas-, pienso que lo dije en voz alta.
Porque antes de lanzar el adoquín contra el cristal del automóvil,
Ella esparcía polvo de vidrio de su mano enrojecida.
-¿Debes de ser hermosa tras tu pintura de payaso?
-Quizás me diluya de tu vida tan veloz como el maquillaje.
Al segundo latido de su pérdida,
El corazón se me hizo de piedra,
Y necesitó más de un cincel
Para esculpir nuestras iniciales en su piel.
El tipo del coche vino hacia mí (aireado),
Pero ella (le lanzó una hostia) que lo paró en seco.
-¡Qué hija puta eres! –le manifesté, con cariño.
-No es un favor, solamente me guardo el privilegio de ser la primera en hacerte daño.
El conductor sangraba por la nariz, blasfemando para adentro.
-¡Qué hija de puta eres!

Tras la raya de la noche
Traté de difuminar tu maquillaje,
Pero, desnuda, no me lo permitiste.
Me gusta el sabor de tu vientre
Y la desvergüenza de tu lengua,
Mientras callas cuando muerdo.
-Qué payasa eres
Cuando te quedaste dormida,
Fui un cabrón: con cuidado
Propuse desmaquillarte,
Conforme avanzaba
Quedé aterrado
Al ver cómo era yo
Quien, al unísono - mientras borraba la pintura de tu cara-
Iba desvaneciéndome.
Hasta quedar sólo bajos tus sábanas
Mi corazón de piedra
Aún latiendo desde tus entrañas