viernes, 22 de enero de 2010

Payasa



Nos encanta la calle,
Por eso tú tienes labios de brisa
Y yo una grieta al lado del corazón.
Me tendiste un globo con forma de perrito,
Yo, a cambio, un viejo poema trazado
En el olvido con las costuras de mi alma.
-Eres un comprador de tiempo
-Tú una payasa –repuse satisfecho.
Por un rato jugamos a imaginar hacernos el amor,
Hasta que los claxon de los coches nos interrumpieron.
-Me duelen los cristales que dejaste dentro de mis venas-, pienso que lo dije en voz alta.
Porque antes de lanzar el adoquín contra el cristal del automóvil,
Ella esparcía polvo de vidrio de su mano enrojecida.
-¿Debes de ser hermosa tras tu pintura de payaso?
-Quizás me diluya de tu vida tan veloz como el maquillaje.
Al segundo latido de su pérdida,
El corazón se me hizo de piedra,
Y necesitó más de un cincel
Para esculpir nuestras iniciales en su piel.
El tipo del coche vino hacia mí (aireado),
Pero ella (le lanzó una hostia) que lo paró en seco.
-¡Qué hija puta eres! –le manifesté, con cariño.
-No es un favor, solamente me guardo el privilegio de ser la primera en hacerte daño.
El conductor sangraba por la nariz, blasfemando para adentro.
-¡Qué hija de puta eres!

Tras la raya de la noche
Traté de difuminar tu maquillaje,
Pero, desnuda, no me lo permitiste.
Me gusta el sabor de tu vientre
Y la desvergüenza de tu lengua,
Mientras callas cuando muerdo.
-Qué payasa eres
Cuando te quedaste dormida,
Fui un cabrón: con cuidado
Propuse desmaquillarte,
Conforme avanzaba
Quedé aterrado
Al ver cómo era yo
Quien, al unísono - mientras borraba la pintura de tu cara-
Iba desvaneciéndome.
Hasta quedar sólo bajos tus sábanas
Mi corazón de piedra
Aún latiendo desde tus entrañas

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