jueves, 7 de octubre de 2010

TESTAMENTO


Llegué tarde a la necrópolis.
Ululaba el alma de un borracho en pena,
que hacía eses tras la Santa Compaña.

Tampoco me importaba demasiado.
Llevo muerto
desde que enmudecieron las bocas
que rumiaban mi devenir.
La mar latió una noche desabrigada

mi piel.

En aquel instante sólo tuve la certeza
de quedar desterrado
de mis días con sus noches.
Y me consideré un cadáver.
No fue mi óbice de causa natural.
La autopsia tardó tres días
en recomponer mi sombra,
la cual se empeñaba en alargarse hasta alcanzar la orilla del mar
para empinarse aún más… aún más…
de puntillas por un redil de velas ,
que me hacían cosquillas en la planta de los pies.
Caminé quedo hasta llegar a su boca,
donde poder brindar con la cicuta
que destilaban sus labios

entre sus muslos.

Y justo en el epicentro: un corazón latía.

Decidieron colgármelo al cuello.
Y cual reloj inexacto,
Dosifica ahora mi amor a veces,
Otras tantas cronometra mis desgracias.

Mis exequias fueron escuetas pero hermosas.
Ni yo mismo tenía mucho más que añadir.
Y como no hubo cura,
Nadie pudo autoproclamarse ventrílocuo de dios.
Mi féretro lo portaron mis amantes,
Todas se pusieron muy guapas para la ocasión
(hasta me dibujaron en el ataúd corazones a pintalabios)
Si hubiera podido, las habría besado una a una… y querido.
Aunque ya les pagué en su momento alojándolas -a pensión completa-
en mi corazón.
Bebíamos contemplando
Cómo se iba ocultando el sol,
tan poquito a poco,
tras la barra del bar,
que al llegar a su ocaso,
nos encontramos sentados en el suelo (mi boca frente a la suya)
Y ya se sabe: la carne es débil…

Los plañidos que exhalaban,
solamente se interrumpían de vez en cuando
para servirse unas a otras chupitos de tequila de una petaca que ocultaban en mi féretro.
Brindaban y
Lloraban por dentro (que en definitiva es lo que cuenta),
Escupiendo lejos las lágrimas que sobraban
Pero cuidándose mucho de no empapar mi alma (saben que de siempre fui muy friolero)

Comenzó a llover.

Ya todos se han ido,
Sólo me acompaña el silencio
Y el borracho que se ha echado a dormir sobre mi lápida,
no sin antes hacerme un guiño.
También hay
Una hojarasca que cruje y rueda.
Agarro un cigarrillo arrugado que prendo en mi boca.
No se está del todo mal en este santo lugar.
Me distraeré contando los latidos del reloj,
Esperando, a cada calada de regusto a vida,
a que me vaya llegando la hora.

-¡Ah, el borracho duerme!

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